— El muchacho se destrozó la cara por completo.
— ¿A qué hora se fueron ellos de aquí?
— ¡Yo no sé, pero estaban borrachos! Llega “El Chombe” y la conversación se interrumpe cuando él saluda, todos a su alrededor se quedan callados, yo ahí presente, no entendía lo que pasaba pero me hice el pendejo.
— Chombe ten cuidado con tu hijo, porque anda a mil en ese aparato”, alguien le dice,
— “Ay carajo, se lo tengo dicho! Pero ese muchachito no entiende. Vean, yo me crié en una finca, en Valencia... El pueblo donde yo nací, finca grande, tenía más de veinticinco mil cabezas de ganado. Yo era amansador de bestias, y nunca me tumbó ninguna. Lo interrumpo.
— ¿Compadre Chombe no me estará echando mentira?
— ¿Mentira yo? Se miró los brazos, empuñó la muñeca e hizo alarde de su perrenque y fortaleza.
— Monten ustedes un mulo de cinco años y sin castrar, eso no es para jugar el vueltiao. Presten atención. Tenía yo como unos diecisiete años, cuando me monté en uno así. Me agarré bien y dije suéltenmelo. Estábamos en un corral grande, para dos mil reses de ordeño. Ese animal echó a corcovear, pero yo sabía que si me tumbaba lo que iba a llevar era patadas y muelas, porque el mulo cuando tumba muerde. No me lo van a creer, cuando quise llegar al otro lado del corral, ya el mulo iba mansito, con paso trotón... Como mulo de paso fino. Todos soltamos la risa y comenzó una discusión, unos decían que era mentira y otros que era verdad. Pero todos reíamos a carcajadas. Al rato, uno de los presentes le dice:
— ¡Chombe refiereles el del cine! Nos volvimos a acomodar en los taburetes, “El Chombe” se ríe, mientras comienza su narración:
— Por allá por los años cincuenta, estaba yo cimarrón todavía y me tocaba jarrear un ganado desde Valencia hasta un potrero en el Valle, por el Guapurutí, lo que es hoy el Trenzaito. Ese era un buen potrero, de excelente pasto. Pasaba todos los días por la esquina de la cárcel El Tapión; ahí me hice amigo de Pepe Bolillo, un Tombo buena gente. Siempre me brindaba agua helada, de un termo que había comprado en Maiceó y mientras calmaba la sed le hacía compañía en su turno de carcelero. Al frente estaban construyendo una vaina grande y yo cada vez que pasaba le preguntaba a un muchacho vallenato que cuidaba la construcción ¿compa, que van a hacer ahí? El tipo me contestaba: “Después te digo, corroncho” Todos los días era la misma friega. Lo debía tener aburrido. Porque le preguntaba de aquí para allá y de allá para acá. Eso si, todos los días. Hasta que un día me dijo: “Este es el Teatro Taribe y mañana se presentará la primera película”. Enganché a correr para Valencia, los quince kilómetros sin descansar, todo para avisarles a mis amigos. Al día siguiente nos vinimos como doscientos muchachos y entramos a cine como a las dos de la tarde. Había un solazo, ¡mucho mampano! Ese es el día que yo más he sudado en mi vida. Estábamos toda esa muchachería a pleno sol, como si nos tuvieran secando como café en un tendal. Bueno, como a las siete, ya oscuro, prendieron la música con pura ranchera y arranca la vaina. Comenzó la dichosa película. No se me olvida que se llamaba “La Pistola de Oro”. Bueno arrancó la cuestión y se veían unos caballos... Pero venían lejos, yo estaba escamoso, agarrado de una silla rústica de madera. Cuando de pronto se oye un grito: “No se preocupen que todavía vienen lejos” y pega todo el mundo el brinco, la gente estaba retrechera y asustada. El sinvergüenza que ponía las películas oyó la vaina y achicó la pantalla. Mierda, entonces se veían los caballos más cercanos a uno. Las rancheras en su apogeo y yo agarrado de la silla rústica de madera. De pronto enfocaron la cara de uno de los jinetes y la cámara se fue alejando hasta que se veía de la cintura para arriba y el hombre desenfundó su revólver; cuando el tipo peló el arma pego yo un grito: ¡Al suelo que este hijueputa nos mata! Compadre y hubo una tendereta de gente. Nariz y codo carraspelados que daba miedo. Hasta los mismos civilizados del Valle se arrastraron... Y todo el mundo gritaba: “Apaguen esa vaina que ese hombre está loco y nos va a matar y los caballos están desbocados...” Muerto de la risa, el alegre Chombe, continuó su relato:
— Cuando le refirieron el cuento a mi papá, el viejo me dijo: “Nojoda Chombe le salvaste la vida a un poco de gente en el Valle. Porque se le hubiera salido un tiro a ese tipo y mata a mas de uno. No vuelvas más a esa vaina de cine, que eso es peligroso. Vaya inventos los de hora.....” Dicen, no me consta, que en la plaza principal de Valencia instalaron un busto del Chombe, en reconocimiento a su hazaña.