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| Anécdota de una cumbiamba |
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Eran las tres de la tarde del domingo de carnaval. La cumbiamba seguía… unos borrachos desde el día anterior, otros acabados de levantar, entre la resaca y la intención de seguir bebiendo, cantando y bailando. Como de costumbre hombres y mujeres se escondían entre coloridos trapos viejos, cenizas, anilinas y sanguazas males olientes, que aderezaban sus cuerpos jóvenes como disfraces. La música de acordeón y la entonación de versos improvisados se mezclaban con el cantar propio de la Serranía del Perijá. Marco natural de inexplicable hermosura y musa de inspiración de los músicos que en ese entonces eran de baja estirpe y al final dieron alcurnia a los ritmos Vallenatos de hoy. Al unísono por toda la serranía se escuchaba de forma repetida, el verso: Este es el amor amorEl amor que me divierteCuando estoy en la parranda No me acurdo de la gente Seguía el canto. Seguía la fiesta de carnaval. Seguía la cumbiamba. Tarsicio Cuestas, hombre de talla y bien parecido, diestro en el arte de interpretar el acordeón, llevaba dos días sin dormir con el instrumento al pecho y tomando ron. Tras el todas las mujeres y los hombres de la población. Tocaba, reía, enamoraba y bebía. Los demás cantaban. En la única tienda que había en el pueblo estaba sentado, con su primera cerveza en la mano, Tenorio Campo. Un hombre rudo, de facciones negroides, agricultor, conocido en la región por su militancia en el partido político conservador, un “godo hasta las cachas”. Departía con dos señores más y esperaba por la respuesta de un amor escondido para integrarse al festín de la cumbiamba. Al escuchar el coro del Amor Amor, su entusiasmo fue manifiesto y decidió cambiar la cerveza por una botella de ron. En pocos minutos la cumbiamba cruzó por la esquina de la tienda y Tenorio Campo se levantó de su silla y comenzó a corear con los demás. Tarsicio Cuestas venía más fervoroso que nunca pues la esposa de un compadre suyo le había prometido un rato de amor en el primer descuido de su marido. Después del tocar el acordeón lo que más le gustaba era conquistar mujeres hermosas, que en la región eran las más. Para lo que siempre preparaba una loción a la que le incorporaba el corazón extraído de un pájaro Macuá sin necesidad de matarlo y la repetición de un rezo que había heredado de su padre, quien tuvo alrededor de 125 hijos con 75 mujeres. De pronto se escucho de la voz de Tarsicio un “Ay Hombe… Que viva el partido Liberal, nojoda” Tenorio lo escuchó y lo interpretó como una ofensa a su lineamiento político. Le llamó la atención a Tarsicio y le manifestó su posición, pidiéndole que se lo repitiera en su cara y ofreciéndole la muerte si se atrevía a irrespetarlo por segunda vez delante de todas y todos en el pueblo. Por segundos reinó el silencio. Tarsicio, le puso su mano en el hombro y le gritó: “Que viva el partido liberal nomejoda” Tenorio sin pensarlo sacó su revolver y le disparó en la frente. Tarsicio Cuestas sin caer al suelo le mordió la nariz y se la arrancó. Cayó al suelo muerto con la nariz en su boca. Allí permaneció por siempre pues nunca se la extrajeron. Ese año en la población el carnaval terminó no con la misa del miércoles de ceniza sino con la muerte de Tarsicio Cuestas.
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Cita al estilo MLA: Vega Soto, Martin Alonso. "Anécdota de una cumbiamba." Editum.org
30 Septiembre 2008.
17 Mayo 2012 <http://www.editum.org/Anecdota-de-una-cumbiamba-p-1593.html>.
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Cita al estilo APA: Vega Soto, Martin Alonso.
(2008,Septiembre 30).
Anécdota de una cumbiamba. Editum.org.
Obtenido en Mayo 17, 2012, de http://www.editum.org/Anecdota-de-una-cumbiamba-p-1593.html
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Cita al estilo Chicago: Vega Soto, Martin Alonso.
2008
Anécdota de una cumbiamba. Editum.org (Septiembre, 30),
http://www.editum.org/Anecdota-de-una-cumbiamba-p-1593.html
(accesado en Mayo 17, 2012
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