11/01/2008 6:51
Cuando los hombres lloran
Confidencias a una mujer. La gente sabe que persigo historias como promesas, acaso de una vida mejor. Las cazo con la red, para no hacerles daño. Ningún rasguño en las alas de las palabras. No fue un secreto de confesión. Pero un cura conmovido me contó está historia.
Fue a pedir trabajo. A cambio le dieron una changuita. Los que el contexto de una cuna en un buen pasar los bendijo, sueñan que sueñan con grandes cosas. Él, que desde chico entreveía las estrellas desde los agujeros de las chapas, sus ahora cincuenta largos soñaban con apenas, el pan de la cena esta noche. Los del otro bando, los ricachones, los tildan de vagos, metiendo en la misma bolsa a todos los que viven en la villa. No es de la incumbencia de su corazón apostar que muchos no lo sean. Generalizan, universalizan, costumbre de la sociedad de hoy. Entonces así la mayoría se dirige a ellos en forma despectiva. El no fue la excepción, la orden fue podan por cincuenta pesos. Cuando los dos changarines alzaron la vista, el árbol orgulloso se mostraba alto y grande. Pero es un árbol grande, dijeron. Iban a necesitar arneses para encaramarse a él y poder podarlo. Cosa que no tenían. Son cincuenta pesos o nada. Y son cincuenta, pensó…pero el destino le jugó una mala pasada y trastabilló. El golpe emocional lo golpeó y magulló más duro que el suelo. La carcajada de su amigo riéndose aún resuena en sus oídos. En la villa los códigos machistas están en la punta del ranking de todos los hombres. El que hace más hijos y si son varones, más alabado es. El que es más bravo. El que en asaltos se juega la vida. El que hace el trabajo más osado y arriesgado. Si hay que usar protección en laburos de alto riesgos, los más valientes no la usan. Prefieren la muerte que el escarnio de los otros. El se quedó con los moretones y el orgullo mancillado. Se escondió de los otros para llorar. Pero alguno de sus amigos lo vio y fueron corriendo a decírselo al cura. Que todo lo arregla y a veces les arrima unos pesitos y la ayuda que puede. Comida, ropa que los más pudientes donan. El no quería nada de eso. No pudo impedir que la prostituta tristeza se asomara a su cara y lo hiciera llorar. Pero se cuidó muy bien de que nadie lo supiera. Ni siquiera su compañera. El cura fue a verlo. No le ofreció milagros. Que aunque ocurren, no son parte de ningún delivery. Le ofreció una escucha a su desesperación, unos oídos atentos a su lucha contra la miseria. Una paciencia infinita para escuchar la historia de alguien que no sabía lo que era ser un desocupado por mal que mal, había trabajado toda su vida. Pero la debacle económica le había cortado las piernas. Y le sembró la esperanza. Juntos irían a buscar trabajo y sino la changa diaria. A ver si hacían cierto el dicho de a Dios rogando con el mazo dando. Terminada la charla, los dos se pusieron en acción un poco cerca de Dios y otro poco al lado de los hombres.
Mónica Beatriz Gervasoni
Morochaurbana.