La actual revolución del conocimiento en nuestras universidades requiere que además de un incremento en todos los campos del saber los individuos desarrollen sus niveles de capacitación, demuestren mayor grado de independencia intelectual y de autonomía en el acceso al conocimiento no sólo en los sistemas escolarizados sino en la aplicación de alternativas que propicien la integración de la formación general o humanista con las formaciones especializadas y continuas que garantizan no sólo la posesión de conocimientos de una rama o disciplina específica, sino su sistemático incremento y actualización en correspondencia con los requerimientos tecnológicos, económicos e intelectuales del mundo contemporáneo. Estas exigencias de la formación profesional determinan que la estrategia de intervención de los docentes no se circunscriba a los conocimientos en sí, sino en cómo preparar a los alumnos para que de forma independiente puedan acceder a esos conocimientos a través de procederes que le permitan desarrollar sus capacidades para aprender a aprender y aplicar lo aprendido.
Le corresponde al docente dirigir la gestión del aprendizaje y enseñar a trazar acciones intencionales y conscientes en función de la autonomía del estudiante, en la búsqueda del conocimiento, teniendo en cuenta la diversidad de los educandos en cuanto a intereses, necesidades, motivaciones, influencia de factores sociales, personales, ritmos de aprendizaje, sentimientos, actitudes y valores entre otros aspectos esenciales. En este contexto tanto el docente con categoría principal en las universidades como los profesores adjuntos a las mismas deberán trazar acciones para dirigir la gestión del aprendizaje del estudiante evitando la rigidez o el mecanicismo en lo orientado o planificado. Tendrán que desarrollar una competencia estratégica que les permita de forma dialéctica corregir, redirigir o adecuar su accionar en correspondencia con las necesidades reales de cada situación concreta, partiendo de un pleno conocimiento de las características fundamentales de sus estudiantes y propiciando su desarrollo hacia peldaños superiores. Teniendo en cuenta entonces que las prácticas educacionales tradicionales no responden a ese propósito, pues en general han propiciado un tipo de aprendizaje memorístico o repetitivo, es una necesidad indudable la aplicación de un nuevo modelo pedagógico así como un modelo curricular flexible que responda al objetivo de lograr, a partir de un estrecho vínculo entre lo instructivo y lo educativo, un profesional capaz de adaptarse a las exigencias y complejidades de la sociedad contemporánea , utilizar creativamente sus conocimientos en la solución de problemas prácticos a partir del desarrollo de habilidades para el pensamiento crítico reflexivo y para el uso de la información en la creación de nuevas teorías o ideas desde una óptica investigativa, basada en un modo de actuación autónomo y en el desarrollo de valores donde prime la sensibilidad y la solidaridad humana. El modelo pedagógico apoyado en el currículo flexible establece la forma en que se debe desarrollar el proceso de enseñanza aprendizaje de acuerdo a la meta que se persigue, la concepción de desarrollo del alumno, la relación profesor-alumno, los contenidos curriculares así como la metodología y evaluación requeridas. El modelo de intervención está integrado por tres componentes esenciales: el estudio independiente, el sistema de actividades presenciales y los servicios de información científico-técnica y docente.
El currículo flexible es un instrumento orientado hacia un cambio total desde el punto de vista didáctico en la planificación y usos de los objetivos, métodos, medios y formas de evaluación. Se trata de un cambio de mentalidad, de una nueva interpretación de la función del docente ante circunstancias y necesidades también novedosas. Esto significa que, independientemente de la capacidad, conocimientos, preparación y experiencia del personal docente se tendrá que transitar de una competencia pedagógica-didáctica a una competencia estratégica-especificadora que facilite atender las particularidades de un nivel educativo que responda a las características de estudiantes que acceden a la enseñanza superior con diferentes niveles de desarrollo y de motivación, con expectativas, intereses y necesidades diversas. Por eso, consideramos que el principal reto que enfrenta el proceso de apertura de la enseñanza superior y el nuevo modelo pedagógico radica en la necesidad de garantizar la aplicación y diversificación de instrumentos de capacitación técnica y profesional para el desarrollo de la competencia estratégica del docente como condición indispensable para la aplicación efectiva del nuevo modelo pedagógico de forma gradual y progresiva, cuestión que no está totalmente resuelta, pero si se han alcanzado algunos logros. Por otra parte, pensamos que en sentido general, y contrario a los que veníamos abogando, las guías de estudio, la bibliografía y los demás recursos pedagógicos existente en la generalidad de nuestras universidades aún responden al modelo curricular rígido (y predominante). Si tenemos en consideración que la tradición ha desarrollado en el personal docente la tendencia al acatamiento incondicional de lo establecido por los documentos oficiales que rigen el proceso de enseñanza en cada especialidad y que norman el proceso docente educativo, entonces, nos encontramos en una situación donde la significatividad epistemológica conspira contra la aplicación del nuevo modelo pedagógico.
La aplicación del nuevo modelo pedagógico de currículo flexible en la universalización de la enseñanza superior es una necesidad reconocida por todos, como vía para el perfeccionamiento en la formación de recursos humanos, pero su implementación efectiva requiere el enfrentamiento en el orden conceptual y práctico de contradicciones y problemas de diversos tipos, de cuya solución depende la creación de condiciones que son determinantes en este propósito. Uno de los problemas pendientes en ese sentido está relacionado con la evaluación. El sistema de control establecido por los documentos rectores del proceso docente educativo, así como las pruebas finales elaboradas centralmente no se convierten en herramientas motivacionales. No cumplen función diagnóstica y no contribuyen a propiciar la toma de decisiones. En general no es una evolución para la mejora, responde al modelo curricular rígido y no al flexible pues se utilizan instrumentos estandarizados que no tienen en cuenta las diferencias individuales. No se utilizan criterios de evaluación según sus referentes y no se evalúa la funcionalidad del conocimiento a través del control de desarrollo de competencia. Como hemos afirmado anteriormente la pedagogía actual necesita encontrar métodos capaces de permitir a los estudiantes una posición más activa y consciente en el proceso de asimilación de conocimientos, insistiéndose en la necesidad de lograr que los estudiantes, además de los conocimientos básicos necesarios, desarrollen habilidades que contribuyan a la obtención y al análisis de nuevos conocimientos por sí solos, que puedan resolver de forma correcta no solo las tareas escolares, sino los problemas que la propia vida les hace enfrentar.
Las habilidades denominadas cognoscitivas o habilidades intelectuales generales (observación, comparación, valoración y otras) encierran en sí las operaciones del pensamiento que el individuo tiene que realizar, tanto en los contenidos docentes como no docentes (la vida cotidiana). Pero, cada una de estas habilidades están muy vinculadas entre sí y no es posible hablar de ellas dando órdenes de importancia o prevalencia de una en relación a la otra. La formación y desarrollo de las habilidades y hábitos es una premisa necesaria para desarrollar las capacidades, el pensamiento, el lenguaje y las convicciones de los alumnos, aspectos de mucha importancia en la formación de un hombre autónomo, capaz de resolver los problemas, de transformar, de crear, libre de dogmatismos y con una mentalidad científica que le permita un mejor desempeño.
La etapa actual de perfeccionamiento del sistema de la educación superior ha considerado imprescindible desarrollar estructuras de la personalidad, tales como hábitos, habilidades y capacidades que garanticen a su vez un nivel de operatividad productiva de los conocimientos y que le posibiliten un mejor accionar.