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El Tesoro De Los Aztecas
El Tesoro De Los Aztecas
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Yo se que te han dicho que las paredes de mi casa están hechas de oro y que los felpudos de mis habitaciones y otras cosas de mi morada, también son de oro y que yo era y afirmaba ser un dios y muchas otras cosas además. Las casas como ves son de piedra, cal y arcilla.

Ve cómo te han mentido. Es verdad que tengo algunos objetos de oro, que me legaron mis antepasados; todo aquello que tengo se te dará cuando lo pidas”.

-Palabras de Moctezuma a Cortés el 8 de noviembre de 1519.

 

 

Cuando llegó Cortés a tierra azteca, encontró por fin la ciudad fantástica de la que le habían hecho referencia los españoles, allá en Cuba, y los indios sometidos a tormento acá en la nueva tierra descubierta, para que dijeran donde se encontraban las fabulosas riquezas de este imperio.

Tenochtitlán se erguía en terrazas, templos y pirámides, con sus puentes, calzadas y mercados; un verdadero enjambre humano la poblaba, algo así como trescientos mil habitantes, lucía tan hermosa como Venecia, edificada sobre canales, según lo dicho por Bernal Díaz del Castillo, el cronista de la expedición.

Fue sangrienta la destrucción de la ciudad capital de la gente de Aztlán, pereció casi la mayoría de la población, siendo virtualmente arrasada, no quedó piedra sobre piedra.

Cortés, apresó a Moctezuma, el emperador, y le exigió la entrega de todos sus tesoros, los de los templos y los del palacio real. Cuando el monarca rogó a su pueblo ser generosos con los invasores, y complacerlos ya que suponían eran los enviados por Quetzacoatl, sus airados súbditos lo apedrearon hasta matarlo, tal fue su indignación

Quedó como sucesor Cuautemoc, salvó de la rapiña hispana la mayor parte del tesoro, que ordenó durante las noches, transportar por setecientos cargadores, que se dirigieron con rumbo al sur y ya en tierra maya. Los objetos de valor que cada mexicano tenía en su casa fueron arrojados al lago Tezcuco, donde la ciudad se hallaba edificada.

Mayas y aztecas, fueron durante siglos, enemigos irreconciliables. Los separaba una distinta manera de concebir sus religiones, una distinta forma de vida, una dispar interpretación del “más allá”. Unos dedicados pacíficamente a la agricultura, el arte y a las ciencias, aprisionados por el enigma del tiempo, los cálculos astronómicos, sus sabios eran también poetas. Los otros, fieros guerreros y hábiles comerciantes, sometían a sus vecinos al vasallaje y a la esclavitud.

Con tan fieros vecinos los mayas optaron por la táctica de desaparecer en la espesura sin dar batalla. Nada podrían hacer los sencillos labradores contra los terribles hombres – jaguar y los hombres – águilas. Mimetizados en los bosques sombríos, guiados por sus agudizados sentidos y conocedores de todos los secretos de la jungla sobrevivían, protegiendo sus comunidades y creciendo en sabiduría.

Los fugitivos enviados a esconder el tesoro se presentaron ante los centinelas mayas con ceniza en la cabeza, maldiciendo a los españoles.

Los mayas selváticos, que no sabían que era aquello que despertaba en tal forma la codicia de los extranjeros y como vieron que aquella carga eran representaciones de ídolos y objetos sagrados, se hicieron cargo del problema, solidarizándose de inmediato, ante el común enemigo.

Juntos formaron una expedición orientados por guías mayas, que se adentraron en lo más espeso de la jungla – “hasta una laguna en el fondo de la cual había una ciudad sumergida y en la pirámide del dios Sol, lo enterraron todo”-.

Luego de asegurado el tesoro, mayas y aztecas se juramentaron secreto. Pusieron como siempre a sus dioses de por medio y en una ceremonia ofrecida al Sol se dispuso quien viviría para callarse para siempre y quien moriría ya mismo por saber el secreto. Allí nomás se realizó el sacrificio y así fueron satisfechos los dioses. Desde entonces y ya han pasado siglos, son los mayas selváticos los poseedores del secreto de sus archienemigos. Prefirieron la casi completa destrucción de su cultura y de sus etnias a revelar el enigma. En este caso imitaron el heroísmo y el legendario valor de Cuautemoc, que en el instante supremo de su martirio se mofó de la desenfrenada codicia de sus torturadores cuando lo condenaron quemándole los pies.

En tres siglos no pararon de buscar el tesoro azteca; luego en marzo de 1864 en sucesivas escaramuzas de blancos depredando por territorios que los mayas – itzaes, seguidos de la correspondiente respuesta de los nativos, llegó a territorio guatemalteco, precisamente en la selva de El Petén, cercano a la laguna de Yaloch, un contingente de blancos a las órdenes de un mercenario italiano contratado por el gobierno inglés de Belice. Cayeron sobre el poblado indígena cuando todos dormían y se llevaron como rehenes a las mujeres y a los niños.

Sin embargo, al llevarse a los nativos a través de la selva guatemalteca, lo ocurrido fue visto por taladores de caobos seculares, lo que creó una situación internacional bastante complicada. Los ingleses aceptaron entonces el pago del rescate por los familiares de los raptados. Los infelices padres y esposos se comprometieron traer oro a cambio de los secuestrados... y se cerró el trato. Se internaron los hombres en la selva, y por supuesto los ingleses mandaron a dos mestizos prácticos a seguir el rastro de los mayas, como es de presumir, la selva se los tragó.

A los ocho días, tal como lo habían convenido, regresaron con el rescate trayendo pesados objetos envueltos en hojas de palmeras. Eran 20 barras de metal de 20 x 20 cm. por 5 cm. de espesor, grabadas con los signos del águila y la serpiente aztecas, todo en oro purísimo.

Aquí el mercenario italiano hizo gala de su crueldad más refinada para hacer confesar a los cargadores de dónde venía aquel tesoro.

Sólo lograron decir entre lamentos: -“en dirección al sol poniente, a cuatro soles de distancia de este lugar, existe una casa de piedra muy alta en cuya cima hay una estrecha abertura, a la que se llega por una escalera, la gran casa está bajo la protección de Teocally, poderoso dios que impedirá que todo lo sagrado caiga en manos sacrílegas. El mismo será el que indique, a los herederos de Cuautemoc cuándo será venido el tiempo y a qué manos caerá el tesoro”-, y ya en trance de muerte agregó: -“Pero esto sucederá cuando, los blancos ladrones se hayan ido”-. Murieron muchos clamando la venganza de los dioses.

La expedición retornó a Belice, pero nunca se supo dónde fueron a parar las 26 barras de oro. El mercenario italiano hizo la narración práctica en forma oficial, pero faltan las últimas hojas del informe con la lista de los objetos de oro. Hubo mucho revuelo entre la población, más los ingleses se mantuvieron parcos como siempre. Se tejieron muchas murmuraciones en torno a la honestidad del gobernador, pero tal cosa no preocupó jamás a los delegados del poder imperial. Desde Isabel I , es un dicho popular: “En cualquier lugar del mundo un pirata es un pirata, pero en Inglaterra es el novio de la reina”.

Por otra parte, aquí en la América india, la selva sigue siendo fiel a sus silentes moradores. Hasta ahora no ha entregado su secreto. Los mayas actuales, para sobrevivir a la tenaz persecución de los exploradores, arqueólogos y aventureros, han perdido, saludablemente... la memoria.

 
Es una estudiosa defensora de las razas perseguidas y esclavizadas, una fervorosa militante de los Derechos Humanos y una docente que aún no ha claudicado de su cátedra.

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