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No deja de ser sorprendente encontrarte frente al nombre de un paraje, que físicamente parece haber desaparecido de los términos en los que debiera hallarse. Tal cual se presenta, si vuesa merced deseara indagar sobre el denominado "Val de la Matanza" (1), mencionado tanto en papeles de Auñón como de Berninches, desde el siglo XIV. Pero, como ya reconocen por aquellas añejas crónicas, ni unos ni otros saben dónde está... ¿Es posible la desaparición sin dejar rastro de un terruño?. ¿Queda pues en el lugar que debiera haber ocupado un agujero negro, una sima quizá que conecte con el centro de la Tierra...? "¡Quiá!", que dirían por nuestra mojonera, sin tener siquiera que leer a Descartes. "Nada desaparece, solo se transforma". Para tirar del hilo de esta irrefutable conclusión, debemos en primer lugar situarnos geográficamente. El misterioso Val, debiera de hallarse frontero entre los términos de Auñón y Berninches, a tenor de que parecen por los escritos detentar su posesión ambas villas. O bien que en su extensión, incluyera parte de terreno de sendos términos. Esto nos acota la búsqueda a la mojonera que comienza por la Peñuela, y discurre por los altos de Valdepedro y el Molar, hasta más abajo del Cominar, ya en la vega del Arlés.. Para entendernos, casi 6 kilómetros de linde, en busca de un val o vallecillo. Con ciertas connotaciones, y algún comodín (el del legajo y la tradición oral) en la búsqueda. Relata Juan Catalina García, uno de los padres de la historia de Guadalajara y "berninchoso" por filiación paterna para más señas, a través de sus "Aumentos" a las "Relaciones topográficas de Felipe II" escritos en el siglo XIX, que cerca del Collado se cuenta exisitió una batalla entre musulmanes y cristianos (2). Cuyo respaldo parece conferirselo el hallazgo de huesos en cierta excavación, sin indicar más detalles, extraidos en una loma próxima a la ermita. Así pues, la tradición oral encuentra cierto sustento en la práctica, si bien la arqueología no llegó a tratar el hecho en su día de modo que emparentase definitivamente palabra y acto, tenemos el "dicho" y parte del "hecho". Añadiendole, a modo de condimento, todas aquellas citas anteriores que sitúan en algún paraje indefinido un "Val de la Matanza" o un valle donde pudo ocurrir una masacre, estamos en condiciones semi-óptimas de ubicar ese val en las cercanías del Collado, en una colina próxima que debe discurrir dando cuerpo a un vallecillo, lindante con Auñón. Con esas características, nos viene en el catálogo de Berninches un paraje... El Cominar, y su barranquera que muere en las inmediaciones del Collado. Incluso, una loma cercana... La Morería. Acepción que cuadra perfectamente respecto a un suceso con infieles de por medio. Y que, posiblemente, ya hubiera tomado ese nombre u otro similar entre los naturales en tiempos de aquellos relatos bajomedievales, de cuyos efectos el preguntar por "el Val de la Matanza", no tendría sentido alguno entre ambos vecindarios. Es bastante factible, que ese "Val de la Matanza" acabara transformándose con el tiempo en el paraje "la Morería", pues allí se cuentan se produjo hace siglos una batalla contra moros, según va reflejando la tradición oral. Tenemos, pues, un caso más en que los documentos antiguos quedan descolgados en la denominación respecto al lenguaje popular, más vivo y readaptado. Algo similar, cuentan sucedió recientemente en la plaza del pueblo, cuando un forastero se atrevió a preguntar a un corrillo de ancianos por el paraje llamado San Cristóbal. Ninguno de los venerables, lo supo contestar; incluso perjuraron que ese no era lugar del término. Sí había, sin embargo, un monte a mano diestra, que lo llamaban "El Santo"... Sin reparar en que ese "santo", fué desde tiempos medievales, San Cristóbal. Ya ven vuesas mercedes: el "oficio" se "comió" al nombre propio con los años. Queda en la historia otra de las partes: El Collado. O ese conjunto de casas, que se vienen nombrando históricamente a la par que Berninches, y dependientes siempre de éste. En un ejercicio tan de lógica como hipotético, es posible creer que crecieron como añadido a la economía de Berninches, situándose en una parte más productiva de la vega, menos quebrada, y con la suma incluso de las aguas provenientes del arroyo de La Golosa. Ganada la tierra a los musulmanes, resulta factible que los caseríos de labor no precisaran ya de situarse al amparo de una torre fortificada, y se buscaran nuevos lugares más fértiles en los que hacer prosperar las cosechas. Si bien la mención de estas casas data ya de finales del siglo XII, no ocurre lo mismo con la única construcción que actualmente nos queda: la ermita. La primera aproximación que de ella tenemos se remonta al año 1218, en el cual el rey Fernando III concede a la Orden de Calatrava 12 cahíces de sal originarios de las salinas de Medinaceli para su uso en la casa-enfermería de El Collado. Quiere decir, que a comienzos del siglo XIII ya existía en El Collado un edificio singular, capaz de hacerse cargo de ciertas tareas de su entorno, como pudiera ser la asistencia corporal en un principio, solapada más tarde por la espiritual. La ausencia de mención a la ermita/casa-fuerte del Collado durante estas primeras épocas de reconquista castellana, compone un escenario donde resulta probable que el lugar sólo mantuviera la actividad de una o varias granjas para el cultivo de la zona, al menos durante las postrimerías del siglo XII. Esto es, primero aparecieron los caseríos, y más tarde el híbrido religioso-militar que aún se conserva a modo final de ermita con casa señorial adyacente. Sin embargo, no podemos pasar por alto algunos guiños que el lugar nos brinda. Por ejemplo, llama poderosamente la atención el relieve datado en el siglo XVII de Santiago Matamoros que corona el retablo. A través de este santo varón, se evoca la figurada batalla de Clavijo, donde la tradición popular atribuye la intercesión del apóstol como decisiva en la victoria que el rey Ramiro I obtuvo sobre los árabes allá por el año 844 (3) A lomos de su caballo blanco, portando en una mano espada y en la otra estandarte (4), Santiago irrumpió en mitad de una contienda, que tuvo como riojano escenario el llamado Campo... De la Matanza. ¡Qué casualidad!. Cuya denominación, parece calcada a lo que hoy convinimos se tiene por la Morería, cambiando en su versión más moderna y alcarreña "val" por "campo". He aquí un eco histórico, que como se verá más tarde (en el siglo XVIII y con motivo del linchamiento del escribano-tirano) volverá a presentarse sobre unos sucesos famosos acaecidos en otro lugar de la geografía hispana, que se repiten con sus peculiaridades en Berninches. La leyenda de la disputa en el Val de la Matanza, es todo un misterio. En primer lugar porque no existe siquiera aproximación en el tiempo, si bien parece lógico sucediera entre el siglo XI y XII, atendiendo a que por aquellas centurias se pone de manifiesto la presión que cristianos y musulmanes ejercían sobre estas tierras. Una fecha aproximada podría girar en torno a la batalla de Uclés, en las proximidades de Cuenca, en las que en mayo de 1108 las huestes cristianas cedieron ante el empuje musulmán (5). Si estiramos el escenario bélico hacia más adelante nos puede dar como resultante los años 1196 al 1197, época en que los almohades devastaron gran parte de Extremadura, la Mancha y cuenca del Tajo, a raíz de la situación ventajosa en que les colocó la victoria de Alarcos (19 de julio de 1195) sobre las tropas castellanas de Alfonso VIII. Pudiera ser probable que en una de sus incursiones, se toparan con una partida de guerreros castellanos, en un val alcarreño... Y se produjera una matanza, sin conocer bien el resultado de la misma. De un modo u otro, nos encontramos con que no menos de 2 ó 3 siglos después de aquél enfrentamiento, la ermita que en sus cercanías se levanta acaso cuenta con algunos de aquellos recuerdos. Quizá su mismo sentido de ser se debiera a la promesa de un poderoso caballero participante en la refriega, de erigir allí mismo un templo en memoria del episodio. O tal vez se levantó haciendo las veces de mausoleo, con el piadoso fin de dar sepultura a algún cristiano de buen linaje caído en batalla. O simplemente como refuerzo del prestigio y la confirmación en la victoria de la fé cristiana (en la que la realidad o la fantasía sobre el episodio es lo de menos), pues con el ensalzamiento del santo cabía la posibilidad de establecer otras ganancias menos espirituales, como los diezmos que la misma figura de Santiago logró arrancar a los campesinos norteños en beneficio de la catedral compostelana (6). Es posible que la batalla nunca existiera, y que todo esto no sean mas que una serie de conjeturas sin mas fundamento que las menciones a un paraje citado en un par de pergaminos, los testimonios imaginativos de algún pastor, o la casualidad del hallazgo de unos huesos que ni siquieran se llegaron a fechar en su día... O puede que en aquella tierra entonces fronteriza, sí se encontraran a mandoble y alfanje dos trocitos de civilizaciones. Cuyo resultado quedó impreso en la memoria colectiva, y los detalles perdidos en la sucesión de generaciones. Cuando el Arlés suena, agua lleva... http://enlavilladeberninches.blogspot.com/
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07 Julio 2011.
22 Mayo 2012 <http://www.editum.org/El-Val-de-la-Matanza-p-6072.html>.
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2011
El Val de la Matanza. Editum.org (Julio, 07),
http://www.editum.org/El-Val-de-la-Matanza-p-6072.html
(accesado en Mayo 22, 2012
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