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Esas pequeñas cosas
Hacía seis años que no convivía. Hasta que un huracán llegó a mi vida, con dos de sus huracancitos. Después de varias convivencias anteriores. Con padres, marido, hijos. Aquella última que fue efímera, me mostró un abanico de lo que pueden depararnos las relaciones y sobre todo las convivencias. La conclusión más a mano es que no es nada fácil compartir el mismo techo pero tampoco tan imposible. Más allá del bien y del mal. Más allá de los vínculos que nos unen. Más allá y más acá de los hijos que nos miran. Y que los pequeños grandes detalles son los que salvaguardan muchas veces relaciones que por el tiempo y la modernidad en que vivimos están predestinadas a perderse en la inmediatez de unos cuántos días y las vuelven eternas. Tal vez, trasmutadas, pero imperecederas.
Resultó ser que cierta vez el carácter de hija de italianos me hizo volar unos cuántos pájaros, la discusión no se había hecho rogar y salieron en la intimidad de casa el recuento de unos cuántos trapitos que de haber salido al sol no hubiera dejado bien parado a nadie. Cosas humanas, después de todo. Nada para asustar a ningún santo. Pero para la noche, las gargantas se agotaron de gritarse y el corazón quedó con muchos pares de agujeritos. Sin embargo, a la hora de dormir, un mimo. Un chocolate y una flor, debajo de la almohada me indicaban que las discusiones entre gente que se quiere, son inevitables. Tal vez y quizás, sería más que razonable y esperable revisar la forma y los modos con que se hacen. Pero digamos que haber cambiado el doloroso garrotazo de la era de las cavernas por unos cuántos chillidos de ésta pos modernidad es un gran avance para el caso. Progreso que se tomó su tiempo pero que en hogares donde no existen mayores patologías que un par de buenas neurosis de vez en cuando, la cosa si bien no justificable tampoco está tan mal. Tampoco está muy piola andar retándose a los susurros y al otro día tener una carta de despedida en el medio de la mesa del desayuno. Pero en fin, en cuestión de gustos y modalidades nada está escrito. Más allá de lo golosa que soy, el chocolate me derritió y no pude menos que compartirlo. La culpa me dejó solamente con un mísero bocado y la flor devolvió a los pájaros chinchudos a la pajarera de la que no debieron haber salido con tanto ímpetu. De más está decir que hicimos las paces ipso facto. Y de sobra está aclarar porque oscurece que entre gente que se ama, las peleas no pueden durar demasiado tiempo, se diluyen y evapora. Igual, conviene sacarlo todo afuera, como diría la canción porque sino las cosas se pudren por dentro y hace una guardería de rencores haciendo más difícil todo.
Ese pequeño gran gesto, me demostró que Serrat en su eterna apuesta en la vida, nunca se equivocó cuando canta “son aquellas pequeñas cosas que nos guardó un tiempo de rosas” y para recordarme que siempre hay pequeñas cosas, guardadas en un tiempo de rosas.
MONICA BEATRIZ GERVASONI
morochaurbana
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2008
Esas Pequeñas Cosas. Editum.org (Enero, 11),
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