Cuando llegaron a las blancas playas de las Indias Occidentales, los españoles se encontraron con un espectáculo inusitado: la desmesura de la naturaleza, una vegetación exótica y selvática, raros animales nunca vistos, pájaros de intensos colores, insectos enormes y dañinos, fieras letales, arañas grandes como platos soperos, y para remate, una población que creyó que habían llegado los dioses. Las mujeres de estos lugares andaban desnudas, eran complacientes y deseables. Al comienzo todo fue admiración y cambio de regalitos, todo en buen acuerdo, pero bien pronto las exigencias y los abusos trajeron violencia.
No todos los blancos llegaron como los dioses
No todos los blancos llegaron como los dioses, hubo otros que cayeron en la miseria, hambrientos y andrajosos, luego de terribles naufragios, sin armas y sin argumentos, que fueron tomados por los indios en carácter de esclavos porque con esa traza no valían las pasadas glorias. Algunos, como eran diestros en su sistema de caza y con otras técnicas bélicas se hicieron indispensables en las tribus, trabando con los locales excelentes relaciones.
Las indias solteras, que no tenían problema con su virginidad, bien pronto les hicieron un lugarcito en sus hamacas para que pasaran las noches acompañados. De aquellos primeros escarceos nacieron indios de ojos claros y pelo rizado, que serían llamados "mancebos de la tierra".
Otros españoles arribaron de modo parecido, eran de origen social, en su gran mayoría, muy bajo, pero con muchos pajaritos en la cabeza de parecerse a los grandes señores o a los hidalgos de cuna, con el tiempo se vio que no les daba el cuero para tanta soberbia. Se hacían los señoritos aunque estuviesen rotosos y mugrientos. Fray Bartolomé de las Casas los describe vestidos con algunas camisolas que les quitaban a los indios "seguidos por un séquito de aborígenes y eligiendo cada noche una india distinta por compañera de lecho para recrear su lasciva". Además aclara el fraile: "... ya no se ocupaban de andar a pié camino alguno, aunque no tenían caballos sino que los indios los llevaban a cuestas, como desventurados, si iban de prisa, o en literas si iban despacio. Iban junto con indios que llevaban hojas grandes de árboles para hacerle sombra y alas de ánsar para echarles viento".
De tal testimonio se desprende que los muy cómodos se hacían llevar "a cococho" y de yapa abanicados. Y si aún en la más perra miseria había este trato, aderezado por la abundante compañía femenina que también los proveían de alimentos. ¿A qué más? Los blancos, barbudos, desarrapados y mugrientos andaban por estos mundos más felices que Dios en Francia.
Se quedaron, los hicieron caciques, tuvieron cantidades de hijos y no quisieron volver con oro a la madre patria porque este jolgorio era preferible al de las cortes que de tanto en tanto les daba por perseguir pecados que terminaban en cárceles o fuegos de la Inquisición. Así fue que vino aquello de aculturización a la inversa. Ellos vinieron a imponer una cultura a los presuntos salvajes y se quedaron a disfrutar de los dones que prodigaban la Indias recién descubiertas y las indias recién gozadas.
¡Qué buenas estaban estas Indias!
No fueron muchos los que se pasaron al bando de los locales, porque si volvían ha ser recapturados por sus paisanos, se las verían negra para dar respuestas atinadas, sobre todo cuando la monserga venía por el lado de "haber sido débil en el pecado de la carne".
Estos castellanos que optaron por ser indios, dejaron felices su jubón, sus calzas y su capa de terciopelo cambiándolos por el taparrabos de piel y el tocado de plumas, amén de agujerearse las orejas, ponerse aros y hasta se tatuaron el cuerpo para asimilarse a la cultura que los había recibido.
Tener su propio harén, gozar de bebidas alcohólicas fabricadas con la fermentación del maíz o del ágave, poderse drogar con hongos u hojas de coca, vivir en la dulce molicie de la vagancia, sin preocuparse ni tener que dar cuentas como lo hacían sus paisanos con sus esposas hispanas que nunca fueron fáciles de arrear... pues ¡Qué buenas estaban estas Indias!
Había, todavía otra causa. Como a los indios en un comienzo, los creyeron dioses, también los hicieron sacerdotes y shamanes o manos santas, donde descollaron por su charlatanería. Estos tránsfugas no tardaron en hacerse importantes en la escala social de los aborígenes. Esta circunstancia, jamás se hubiera dado en España. Para ellos fue el acerto: "mejor ser cabeza de ratón que rabo de león".
Bibliografía: "La destrucción de las Indias". - Fray Bartolomé de Las Casas
"Crónica de Nueva España". - Bernal del Castillo
"Indios Carapálidas". - Ricardo Herren. - Planeta 1992