La escuela de nuestros padres y abuelos, difiere de la transitó nuestra generación y a su vez contrasta notoriamente con la que vivencian nuestros hijos actualmente. Esto de por sí, no merece juicios de valoración ya que la sociedad va cambiando y por ende sus instituciones representativas, proceso que resulta necesario e inevitable. Pero también se dan situaciones de superposición o contraposición desde las concepciones filosóficas e ideológicas de diferentes actores sociales que pretenden mantener inalterable aquellas visiones tradicionales de escolarización y formación –todo lo pasado fue mejor-. No podemos pretender hacer convivir una escuela de tradición y nacimiento posmoderna con una de corte o fachada moderna, se darán conflictos y pugnas entre sus partícipes e integrantes, cuerpo docente, comunidad educativa, alumnos cada uno con su visión particular de la cosa. Ahora bien no debemos caer en el error de la comparación valorativa: era mejor la campana o el timbre, el pizarrón negro o verde o mas aún el dictado de zoología, higiene y puericultura contra biología o salud y adolescencia, formación moral y cívica o construcción de la ciudadanía, detrás de estos detalles -o no tanto- se esconde un tipo de escuela, una visión determinada y un tipo de sociedad que la moldea y le da sentido. Entonces debemos aceptar que hoy en este marco de libertinaje registrado tristemente y diariamente desde las nuevas tecnologías, roles trastocados, valores invertidos y desenfreno gral. los alumnos tomen las escuelas, impidan la elección de una autoridad, destruyan el mobiliario, insulten y falten el respeto a sus directivos y docentes, participen junto a sus padres de golpizas a las maestras ¿?.
Existen ahora mas que nunca, en un contexto democrático, derechos extendidos pero también obligaciones que atender, el derecho a la educación es un valor de todos, defiendo su gratuidad, apuesto por su calidad pero si queremos que todos tengan una educación de calidad y que sean ciudadanos respetuosos de la democracia y de la paz, debemos generar en un marco de respeto por el otro caminos de diálogo, negociación y acuerdo, crear consensos evitando caer en fanatismos extremistas que quiebran y niegan la posibilidad del encuentro y el fructífero debate necesario para sentar las bases de una sociedad justa y un país próspero. Hoy conviven en permanente fricción y roce; maestros modernos, alumnos postmodernos y padres liberales en extremo permisivos y ausentes, donde cual juego del gran bonete nadie se hace cargo de nada. Pareciera que el valor del conocimiento fue reemplazado por la necesidad imperiosa de la exposición mediática y la popularidad, tal reality show para ser popular desde los valores y modelos nocivos difundidos desde los medios de comunicación, todo vale por ser aceptado y reconocido y la sociedad no condena a aquellos que actúan desprejuiciadamente y con tremenda caradurez contra la figura del docente y contra la fachada o mobiliario de la escuela. Es la hora –como sociedad adulta- de ponernos los pantalones largos, aceptando que nuestros jóvenes y alumnos necesitan canales de expresión –logro importante en éste sentido el de los centros de estudiantes y los códigos de convivencia, pero queda mucho por reformular y adaptar en éste sentido-, que tienen derecho a peticionar y a luchar por una escuela mejor, pero con respeto, sin desmanes ni destrozos, sin injurias ni desagravios, será quizás que los que no nos pusimos las pantalones largos somos nosotros, somos sus espejos, sus modelos a imitar, pues entonces en algo hemos fracasado, cada cual que haga su propia autocrítica. Quién podrá tirar la primera piedra ¿?, yo señor, no señor, Ud. señor ¿?..., quizás todos nos podemos comprometer; yo señor, si señor, Ud . señor ¿?...