¡En la mente! Es la frase, que de manera coloquial, pronuncia mi hijo, cada vez que quiere expresar que algo no se puede realizar de manera material.
No obstante la mente, es donde tiene su origen cada acto del ser humano y de manera coherente con su alimento. La mente humana tiene la particularidad de recoger información, del medio donde se desarrolla la vida, para luego determinar las acciones del individuo. Y de una forma inexplicable, desde un punto científico, la muchedumbre de una comunidad ostenta mentalidad colectiva. Lo que permite que las acciones de los miembros de una sociedad particular sean símiles.
Lo anterior nos ayuda a identificar el accionar de un mercado en particular. Los mercados conocidos como emergentes, del cual nos ocuparemos hoy, que son aquellos que están en vía de desarrollo socio económico; poseen como característica bien marcada la existencia de una buena capacidad de endeudamiento, pues su nivel de ingresos aumenta al irse generando desarrollo y crecimiento en los diferentes sectores de la economía. Más sin embargo, su componente humano no es cognitivo al momento de realizar sus compras, por el contrario su actitud compradora es impulsiva y casi siempre responde a una competencia social, donde lo importante es la apariencia de su ubicación social. Lo que casi siempre violenta las escalas de necesidades al invertirlas.
Es la mente entonces, lo que sirve de diana a los expertos mercadólogos cuando apuntan al desarrollo de estrategias de marketing para introducir y posicionar sus productos o servicios en los mercados emergentes. Campañas de comunicación y promoción acompañadas de elementos físicos que engalanen las actitudes de quienes han remplazado la sensatez al momento de comprar, por el impulso de demostrar que pueden adquirir los nuevos productos sin verse afectados de manera económica. Demostrando un ascenso dentro de la sociedad al poder pagar, según el criterio colectivo de una sociedad que a la vez que acusa defiende, mientras sirve de juez, un precio cualquiera por un producto que satisface su necesidad real en menor proporción que su necesidad de autorealización. Ya no es tomarse un café, sino que hay que hacerlo en una tienda que pertenezca a una cadena internacional de cafeterías, pues allí frecuentan determinadas personas que siempre han sido observadas por su poder social. Al implantar en la mente del consumidor mensajes que alimenten su ego emergente, entonces se logran acciones impulsivas que se convierten en altas cifras de ventas.