Mientras muchos lloran alguien hace los pañuelos. Adagio chino.
Han culminado las festividades de fin de año y ante la amenaza de crisis económica el mundo entero se alista en medio de oscuros nubarrones a dar la batalla durante el nuevo año, buscando la forma de disminuir el impacto económico que puedan generar la quiebra de empresas con los consecuentes despidos masivos de personal, los problemas de escasez de dinero y alimentos, el incremento en los costos de producción y en fin las dificultades que todo ello acarrea en la lucha diaria por la supervivencia. No obstante, a pesar de la debacle financiera iniciada en Wall Street, de las múltiples estafas que ya suman varios millones de dólares en varias partes del mundo ocasionadas por las pirámides que parecían presagiar un momento amargo, de la caída de las acciones de la bolsa, de las amenazas de quiebra de la banca y de la miserable guerra que no tiene fin en el Cercano Oriente iniciada hace cuarenta y cuatro siglos ya que se inició en el siglo XXIII antes de nuestra era, todos vimos en el mes de diciembre pasado un comercio abarrotado de compradores que querían disfrutar de las festividades, unas playas llenas de bañistas y un sector hotelero ocupado en casi su totalidad. Los balances de ventas a comienzos del mes de enero no parecen ser tan desalentadores según informes oficiales.
Las anteriores líneas bien pueden leerse como válidas en cualquier enero de cualquier año de los que pasaron y de los que vienen. Y es que a comienzos de cada año, pero en particular en el presente por su semejanza con la crisis económica mundial iniciada en 1929 y que impactó toda la década de los 30, la gente se queja de las dificultades, de que el dinero no alcanza, del “qué vamos a hacer con tanta carestía”, pero con toda seguridad la crisis moderna realmente es mucho más grave de lo que parece no por las dificultades económicas sino por el deterioro de las relaciones interpersonales, por el olvido del ser humano, por el menoscabo de los valores morales y espirituales, por el irrespeto, por la pérdida de la dignidad de la mujer convertida en objeto publicitario y sexual, por un desmedido interés de convertir lo innecesario en indispensable y de querer justificar la invalidez del interés particular sobre el bien general so pretexto de un mal entendido derecho a la igualdad y a la libre expresión.
De cualquier manera, los resultados positivos de este y de cualquier otro período crítico de la historia se deben a seres comprometidos consigo mismos y con el bienestar colectivo; personas que saben que es en las dificultades y en la crisis en donde se pueden identificar las oportunidades, como en el adagio chino. Bien se ha dicho que para los países pobres y en particular para los latinos la palabra crisis quiere decir momento grave, dificultad excesiva o catástrofe mientras que para los orientales significa oportunidad. Es precisamente durante la amenaza de crisis que las empresas que subsisten, aprovechan para desplegar su creatividad y generar mayores ventas. Mediante su ingenio publicitario promueven el interés por la compra de sus productos al punto que sus vitrinas y almacenes se ven llenos de compradores. Aprovechan para hacer las cosas bien, para mostrar sus productos con estilo y hacer que el cliente se sienta a gusto. Saben que el diálogo, la comunicación constante y el conocimiento y pasión por lo que hacen son la clave para lograr los mejores beneficios. A nivel individual debemos comportarnos como una empresa porque en realidad somos una empresa. Es durante la crisis y los momentos de dificultad cuando más necesitamos sacar a relucir ese diamante que llevamos dentro.
Es impostergable saber vender lo que hacemos o lo que sabemos hacer, debemos mejorar nuestra vitrina, poner bonita nuestra fachada a pesar de la incertidumbre y de la cartera vacía, comunicarnos con decisión y firmeza y manifestar lo que queremos; que los demás sepan que estamos vivos y dispuestos a dar la batalla y sobre todo que no se nos note el hambre. Recuerdo a un profesor quien durante mis años de juventud nos decía que cuando no tenía para comer salía con un palillo en la boca mostrando un aire de satisfacción y una sonrisa ya que a su juicio a nadie le importa si hemos comido o no, pero lo que si detecta la gente es nuestra actitud positiva o negativa ante la vida de lo cual dependen los resultados que obtengamos.