Todos hemos pasado por situaciones complicadas a lo largo de nuestra vida; situaciones que hubiéramos deseado que no sucedieran. Unas más graves y otras menos. Unos con más recursos y otros con más incapacidades y limitaciones.
Algunos hemos vivido experiencias realmente traumáticas, como puede ser el abuso sexual en la infancia. Otros han vivido situaciones de malos tratos psicológicos, de violencia, de muerte o de abandono. La gravedad de todas estas situaciones, no obstante, no debería valorarse por el hecho en sí mismo, sino por las secuelas que desarrolla el afectado y por su capacidad para hacerles frente. En muchas ocasiones esa capacidad termina siendo anulada; el individuo no puede sobreponerse a su realidad y queda atrapado en una especie de bucle que se retroalimenta a si mismo. Y entonces se siente culpable. A partir de ahí, en la percepción del individuo respecto de su experiencia vital, cada vez más, se empiezan a acumular la sensación de fracaso. Ya no hay posibilidad de nuevas oportunidades; sólo perspectivas de posibles fracasos. Ya no hay aprendizaje; sólo derrota. Y cada vez se siente más culpable.
La culpa es un auténtico tirano. Ya no sólo para el propio afectado, sino para todo su entorno. La persona que arrastra el insoportable peso de la culpa, se pasa la vida buscando la redención en el lugar equivocado. El resultado es que todos terminan por alejarse del “culpable”, mantienen una cierta distancia o, si no es así, viven una relación dañina. Quien se siente culpable se cree con derecho a ser resarcido a costa de los demás. Quien ha sufrido se arroga el derecho, por lo general inconsciente, de hacer sufrir a su entorno más próximo. Esa, en definitiva, es una secuela importante de los abusos sexuales infantiles, pero también de otras patologías y experiencias traumáticas.