Clok, clok, clok, ... Clok, sonó el repique del plato viejo de un arado de tractor, cuando José el campanero, le pegaba con una platina de muelle de camión, que hacía de campana en la escuela pública de Fonseca, La Guajira, Colombia, donde realicé mis estudios de educación básica primaria. El alboroto para formar se debía a que era el último día de clases. “Vacaciones, vacaciones” Era el grito que se oía en medio del tropel de los muchachos. Comenzó el desfile de relajo, propio de ese día, la pegadera de chicle en el pelo, había quienes echaban mentol en los ojos, se rompían camisas y por supuesto no faltaba la pelea a las trompadas que comenzaba con el ritual de romper la patilla. Se cuadraban los dos trompeadores; alguien se paraba en medio, estiraba su brazo horizontalmente, mientras los espectadores gritábamos: “El que rompa la patilla”. Si alguno de los contrincantes le bajaba el brazo al azuzador, había pelea fija. Claro que existía otra manera de azuzar, esta consistía en trazar una línea en el suelo entre los dos trompeadores y el azuzador gritaba: “El que escupa aquí”. Si uno de los peleadores escupía en el terreno que delimitaba la raya, en ese momento se prendía el pleito. Recuerdo que la pelea de ese día la protagonizaron: “El Bola de Humo” Vs “Chaguito”. Buenos amigos entre si, malos para el estudio y excelentes para trompear. La pelea comenzó en la puerta de la Iglesia y terminó a la salida del pueblo. Duró más de seis horas, recorrimos más de dos kilómetros. Paraban cuando se cansaban y tan pronto algún azuzador estiraba el brazo o trazaba, con una vara, una raya en el suelo y de inmediato ambos corrían, como mandados del diablo, a “romper la patilla” o “a escupir aquí” y se enganchaban a muñeca de la física otra vez.
Ese fue un viernes de ojos colombianos, como le decíamos a los moretones ocasionados por los golpes en los ojos, pero no hubo mucha sangre, sólo por la nariz y la boca, lo que ayudaba a continuar con la pelea, porque en mi pueblo el agua se lava con agua y la sangre se lava con sangre, y el orgullo no se puede perder, porque se pierde la razón de vivir. El día sábado, el pueblo se despertó temprano, un carro destartalado por un alto parlante anunciaba la llegada de un circo. Los maromeros se instalaron en el campo de fútbol público y antes que oscureciera ya estaba la carpa armada, era el circo más pequeño y más pobre que jamás he visto. El día domingo como de costumbre me vestí con la camisa blanca manga larga, un pantalón azul turquí, bien almidonado y mis zapatos negros de cuero, es decir, me puse la “pinta dominguera”.
Llegué a la iglesia y me sometí a la inspección por parte del profesor Manjarrez, quien decía a gritos: “Saque el pañuelo blanco..., Muestre la peinilla..., Haber esa embolada tipo americana..., Camisilla...” Me metió luego los dedos índice y del corazón, a manera de tijera, en la parte de atrás de la cabeza y en voz enérgica me dijo: “Para el otro domingo se motila”. Gran motilada que me hacían en ese tiempo, la cabeza iba rapada y me dejaban un mechón de un dedo de largo como copete. Entré a la iglesia para escuchar misa. Estuvo bastante agitada, después de oír el sermón del padre, que apodaban “Cosita Linda” por lo feo que era, que incluyó una reprimenda por la sonada pelea del día viernes. Nos trato de salvajes, de animales indomables, los profesores y padres de familia de irresponsables y noveleros. Recuerdo sus palabras: “...No puede ser posible que por andar con la novelería del circo de carajo ese, nadie se halla percatado de semejante puñera que se propinaron esos muchachos”. Esa fue una misa trágica, duro casi tres horas. El padre botó de la iglesia a un señor, que con la bonanza de la marimba se había venido a vivir al pueblo, el hombre se paró y en voz alta, casi que gritando empezó a hablar. _ Vea padre, esas son vainas de muchachos. Por otro lado, aquí nadie vino a oírle maricadas a usted, porque la misa no es para esa vaina, ahora si usted vio la pelea ¿porqué no se metió y separó a esos muchachos, para que no se mataran? ...Para terminar, yo lo vi por los lados de la carpa del circo ese. Los asistentes a la Iglesia quedaron mudos, todo el mundo estaba asustado, “El Bola de Humo” y “Chaguito” permanecían agarrados de la mano, donde el padre los había puesto como exhibición de la prédica, estaban amarillos como papel de carta de enamorados. De pronto el padre, “Cosita Linda”, se acerca a los muchachos y dice con voz de rabia: “Entonces, que se maten los pelaos del pueblo a trompadas, por que ahora resulta que el cura tiene que criar a los hijos ajenos y para rematar tiene que pedir permiso para visitar cualquier parte del pueblo... Señor hágame el favor, retírese de este Templo, por que aquí usted no es bienvenido”. El señor se levanto y sin decir palabra salió, ya en la puerta gritó: “Habré inventado yo lo de el que rompa la patilla” “Chaguito” y “el Bola de Humo” que permanecían cerca todavía, escucharon el término azuzador y se van prendiendo otra vez a las trompadas en plena iglesia. La gresca que se formó duró casi dos horas se daban trompadas todo el mundo, eso era puño que iba puño que venía. Como a las dos horas de estar el tropel en la iglesia la policía controló la situación y al final el padre despidió a todos diciendo: “Podéis ir en paz”.