Peinetas, miriñaques, corset, amplios vestidos, abanicos, chalequillos, calzones cortos, casacas y coletas, todos aspectos de la moda colonial utilizados como símbolo de diferenciación social, alejar el cuerpo de posibles roces espurios condenados públicamente o para adaptarse a los rígidos patrones costumbristas fijados por el calendario eclesiástico. Una estética renovada de los vestidos se da a mediados del siglo XIX y las piernas comienzan a ser mostradas recién a comienzos del siglo XX, ni que hablar de la revolución de los años 60” con las minifaldas condenadas por algunos retrógrados y glorificada por una generación que pretendía liberarse de tantas ataduras.
En el siglo XIX los colores oscuros eran los que prevalecían; el blanco, gris y el negro –como sinónimo de dignidad, austeridad, sobriedad y pureza- por sobre todo, se reservaba para las clases mas pudientes los colores brillantes como el púrpura, pero durante mucho tiempo predominó la sencillez sobre la excentricidad y los tonos sombríos. Las vestimentas debían reflejar una estética del autocontrol y el ocultamiento de la silueta de los cuerpos con pesadas y gruesas telas, abanicos, guantes, etc.
Para las mujeres primaban los códigos éticos ligados a la pulcritud, el encanto y la discreción. Cuando el General Belgrano ordenó cortar las coletas a los patricios
–acontecimiento conocido como el motín de las trenzas-, se impuso entre los jóvenes el uso del pelo rebajado y el reemplazo de los calzones cortos por las botas de campaña.
El clavel estaba de moda, junto al velo y las mantillas andaluzas o francesas, para las reuniones las enaguas eran de tafetán de varios colores y ricamente decoradas con encajes, las medias de seda con bordados amarillos, las chaquetas de terciopelo muy armada y con botones o lazos largos.
Las mujeres populares impusieron la moda del llamado rebozo –prenda de bayeta con mucha frisa y de color uva-. Los trajes de iglesia eran de seda negra con medias blancas y medias de satén. Mariquita Sanchez nos ilustra sobre muchas de éstas costumbres:
Según su opinión los géneros mas baratos no llamaban la atención ya que eran ordinarios pero eran muy comunes ya que en la mayoría de los casos no había otra cosa que ponerse, la gente pobre usaba una bayeta -picote cordobesa- muy ordinaria, de color blanco y que solía teñirse para vestir a los criados, sus relatos sobre los invasores ingleses son mas detallistas: “…En la calle, siempre de basquiña, éstas eran a lo más de dos varas, por lo regular de vara y media era todo el ancho pues se llamaban medio paso, todo el pliegue recogido atrás, de largo al tobillo. Para que no se levantase, se les ponía de guarnición, una hilera de municiones, que se achataba con un martillo y esto se ocultaba con el ruedo. De modo que marcaba todas las formas, como si estuvieran desnudas, a lo que se agregaba dos o tres flecos o una red de borlitas que acababan en picos, con una borla en cada uno de ellos. Debían verse las enaguas, había lujo de encajes y bordados y bordados. Los brazos desnudos, en todo tiempo, y escote, una mantilla de blonda y un aire, que se llamaba gracioso, de cabeza levantada que ahora se diría insolente y todas eran muy inocentes…”. Me pregunto como hubiera sido la descripción de Mariquita sobre las tropas nepalesas – los mercenarios gurkas-, que portaban sus cuchillos corvos para asesinar a nuestros valientes soldados en Malvinas…