A la memoria de Rafael Santiago Soto Solano, mi abuelo materno. Reinaba un largo y profundo silencio en la noche, de repente se escucharon golpes en la puerta. Juan despertó sobresaltado al alboroto, como gato brincó de la hamaca y se puso en posición de ataque, tal vez esperando al intruso, al minuto cobró la serenidad y con paso lento y cauteloso se dirigió hasta la puerta que daba a la calle. Los golpes de llamado continuaban insistentes. Por una rendija echó una mirada y en medio de la oscuridad reconoció a su compadre Mateo, quien seguía tocando. Corrió la silla que siempre apoyaba a la puerta, quitó la tranca, en ese momento cesaron los golpes de llamado, y con una paciencia sacerdotal entreabrió la puerta, miró a Mateo de pies a cabeza y luego preguntó:
— ¿Que pasa compadre? Mateo con su tono de voz seca y provinciana, le respondió:
— Vengo a decirte que tu papá acaba de morir en el pueblo del Carmen de Bolívar”. Juan era apenas un niño cuando su padre lo abandonó, hace tanto tiempo, que ya su mente no guardaba recuerdos de su lejano padre. Entre otras cosas jamás se enteró de las causas que tuvo para irse tan lejos y no volver nunca mas, nadie le dio una explicación, su partida fue y será un impenetrable misterio. Su madre fue la única persona que estuvo siempre a su lado, ayudándolo a crecer y a comprender la difícil escuela de la vida. A la muerte de su madre a temprana edad, se dedicó a trabajar la tierra que había recibido como herencia.
Entre el campo y el pueblo, construyó el camino de sus recuerdos que los unía a su profunda realidad. En ese ir y venir se conoció con Mateo, un poco mayor que Juan y dueño de la única tienda del pueblo, se fueron tomando cariño, mientras cultivaban una amistad. Con el transcurrir del tiempo se convirtieron en amigos de parrandas y de peleas de gallos, de historias alegres y tristes, estrechando mas sus lazos afectivos cuando se hicieron compadres. Esa noche, Juan, no pudo conciliar el sueño, se acostó en su hamaca, encendió un cigarrillo y contemplando el humo quería encontrar una imagen o algo que le hiciera recordar al padre lejano y muerto; se esforzó pero fue en vano, siempre lo mismo: Nada. Su mente le entregó los recuerdos de su difunta madre, en el silencio del cuarto y la soledad de su memoria, decía en voz baja, para evitar escucharse él mismo
— Mamá, si estuvieras en vida cuantas cosas te diría y cuántas cosas me contestarías. Mamá, si estuvieras aquí, sabría de papá, y estoy seguro que hoy si me contarías por qué nunca vivió conmigo. Mamá cuánta falta me haces ahora y siempre... Si pudieras responderme, mi soledad no fuera tan grande y fría. En ese eco de voces bajas, sintió humedecer sus ojos, inclinó su cabeza y por largo tiempo lloró... Lloró por sus padres y por los hermanos que aunque fueron muchos, nunca tuvo. Llegó la madrugada y entre sollozos y recuerdos se quedó dormido. Al día siguiente la noticia ya se conocía en todo el pueblo, los vecinos se fueron reuniendo poco a poco en la calle frente a la casa de Juan para expresarle el sentimiento de pesar. Al salir Juan, se encontró los rostros ya conocidos del pueblo, los mismos rostros de todos los velorios a que había asistido. Mateo se encargó de traer las sillas y Petra, su mujer, de organizar, con las mujeres vecinas, las cosas de la cocina. Juan llamó a Mateo:
— Compadre esto es terrible, pero hay que acabar este velorio.... Aquí no hay muerto! Yo voy a viajar hasta El Carmen, para conocer siquiera donde enterraron a mi papá.
— No se preocupe compadre, yo me encargo, contestó Mateo. En horas del medio día, Juan, partió para El Carmen, pueblo donde murió su padre; alcanzó a llegar al día siguiente por la mañana. Juan no conocía a nadie, solo sabía que iba a visitar a un muerto, que tampoco conocía. De tanto preguntar le dijeron que en la calle del cruce, frente al cementerio, había muerto un señor la noche anterior. Se dirigió hasta allí, al llegar se encontró a una señora vestida de negro que lloraba inconsolablemente, con pena; un poco confuso se le acercó, le tendió su brazo hasta el hombro de la señora y le dijo:
— Soy hijo del que murió anoche. La señora lo miró a los ojos, pero él no había llorado; sus ojos estaban secos y fríos mirándola fijamente, esperando algo de sus ojos pero sólo encontró las lágrimas por su padre que no conoció. Las campanas de la iglesia doblaron durante todo el entierro, esa tarde llovió. Juan se quedó mirando el cemento fresco y el blanco cal que cubría la bóveda, sus lagrimas se confundían con la gotas de agua del suave llover. A su mente acudieron las soledades de siempre y el silencio sepulcral le hizo hablar en voz baja para que nada quedara vagando en el viento del cementerio, se quedó de rodillas y dijo:
— Papá y mamá si estuvieran vivos cuántas cosas les dijera, cuantas cosas cambiarían, aquí llegué sin conocerte papá, y llegue tarde, quería conocerte pero la tierra ya te cubrió, perdóname papá. Adiós. Cuando salió del cementerio, notó que el cielo se resbalaba sobre el campo santo, la noche lo cubrió, las luces del pueblo parecían ojos de animales nocturnos en la distancia; sintió cansancio y la soledad más grande aún. Debía dormir, pensó. Se dirigió al único hotel y alquiló una habitación con ventana a la calle, colgó una hamaca y se quedó dormido. Esa noche soñó, con rostros viejos, conocidos unos, desconocidos otros, buscando entre tantas caras una que dijera, yo soy tu padre, pero igual que siempre: Nada. A la mañana siguiente decidió partir hasta su pueblo, al salir del hotel se quedó contemplando las calles polvorientas y solitarias por donde su padre había caminado varias veces y que ya no lo haría más. El sol comenzaba a calentar, Juan con pasos lentos y meditabundos, sentía en cada pisada, mas lenta aun que su propio andar, su eterna soledad. Hizo de su nostalgia un dolor inmenso, sus ojos se anegaron. Una vez mas, sintió un fuerte nudo en la garganta y se le escapó del pecho un lamento agudo y solitario como su silencio:
— Adiós papá— . Se secó las lágrimas y se marchó. Al llegar a su pueblo Juan pasó por la tienda de su compadre y le dijo:
— Mateo... Papá murió.