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Mujeres y exlio
Mujeres y exlio
por Pilar Lozano Salas
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Mujer, Exilio y Migración

En las últimas décadas, los fenómenos migratorios muestran características que los diferencian de los ocurridos en anteriores períodos. Una creciente globalización, pues cada vez más países se ven involucrados en migraciones; una aceleración, que se refleja en el aumento de la cantidad de migrantes; una heterogeneización, ya que muchos países tienen diversos tipos de migración (política, económica, permanente, temporal); y una creciente feminización. Estos rasgos han llevado a Castles y Miller (1998) a denominar el momento actual como la "era de la migración".

La estrecha relación entre el proceso de globalización y las migraciones, explica muchas de estas características. El desarrollo tecnológico acerca las posibilidades de emigrar al reducir los costos de traslado y hacer más visibles los posibles beneficios; y junto con ello, las migraciones constituyen canales que acercan a sociedades muy diferentes. Pero al mismo tiempo, la distribución de migrantes, que se concentran en regiones más desarrolladas1, refleja y acentúa las marcadas desigualdades del orden económico a nivel internacional.

Migraciones com M de Mujer

Detrás de la feminización de las migraciones hay una compleja red de acontecimientos económicos, políticos y culturales. Entre los actores clave que emergen en estos circuitos se encuentran las mujeres, grupo mayoritario en la industria del sexo y crecientemente en la migración por motivos económicos. Sin embargo, un análisis centrado sólo en lo económico invisibiliza otas dimensiones que también inciden en esta creciente feminización. Una de ellas son las relaciones de género, las que en el caso de las migraciones latinoamericanas, a menudo constituyen "una forma de exclusión social en el contexto de origen" que motiva a las mujeres a migrar (Wagner, 2004, p. 4).

Las migraciones pueden ejercer una influencia fundamental en la identidad de las mujeres. Es decir, el contacto directo y continuo de grupos culturales diferentes, con los consecuentes cambios en los patrones culturales originales de uno u otro -proceso de aculturación (Berry, 1997)- en el caso de las inmigrantes, afecta su forma de verse como mujeres (Vásquez & Araujo, 1990).

En ocasiones, las mujeres pueden experimentar una suerte de "descubrimiento" de la propia identidad, a partir del cuestionamiento de estereotipos y roles femeninos propiciado por el contacto con otros grupos culturales, lo que es vivido como mayor libertad y autonomía personal. En otras ocasiones, la cultura de acogida refuerza estereotipos de género, por ejemplo, ofreciendo una inserción laboral fuertemente segregada en base a roles de género, estrechando las posibilidades de inserción social y desarrollo personal.

Aunque lo señalado no desconoce los posibles efectos que las migraciones también pueden tener en las identidades de género de los hombres, para este artículo se ha estimado más adecuado discutir la experiencia de las mujeres por los significativos cambios que muestra su participación en los procesos migratorios a nivel mundial. Pero también debido a la mayor evidencia que se dispone, ya que en el ámbito de las investigaciones sobre migraciones, la introducción de una perspectiva de género aún se remite, predominantemente, al estudio de mujeres.

Desafios de Identidad

El proceso de aculturación es tanto un fenómeno colectivo como individual que implica cambios en la cultura de un grupo y en la psicología de un individuo (aculturación psicológica) (Graves, 1967 citado enBerry, 1997). Entre los cambios a nivel individual, se encuentran los que ocurren en la identidad de las personas, es decir, en el sentido de sí mismo que se forma en un proceso en que confluyen tanto mecanismos psicológicos (cognitivos, emocionales, motivacionales) como los contextos socioculturales en los que los individuos ocupan distintas posiciones en las estructuras sociales .

Desde una perspectiva psicoanalítica, Grinberg y Grinberg (1996) señalan que las migraciones constituyen cambios en la vida de las personas que pueden ser de tal magnitud que pongan en evidencia e incluso en riesgo, su propia identidad ("rupturas identitarias").

Araujo (2002) indica que la "situación existencial límite" que puede llegar a constituir el exilio, plantea "de manera aguda y desgarradora la problemática de nuestra identidad. Porque cuando todo se torna incierto y un viejo mundo se desmorona, la pregunta '¿quiénes somos?' se plantea inexorablemente" (p. 146).

En la construcción de las identidades personales, el género constituye una dimensión fundamental "que interviene en la representación, interpretación y evaluación de los acontecimientos y del propio auto concepto, así como en la regulación, activación y direccionalidad de las acciones" (Barbera, 1998, p. 21). El sentimiento de pertenencia a uno u otro género (identidad de género), incide en la forma como hombres y mujeres se ven a sí mismos y al mundo, y cómo actúan en él.

Araujo (2002) indica que en medio del "despojo esencial simbolizado por el exilio", lo que permanece por encima de todo es precisamente la imagen que las mujeres tienen de sí mismas, que "transciende todo tipo de militantismo, porque aún las más militantes y las más ortodoxas, conservan en ellas el modelo transmitido por las abuelas, las madres y las tías" (p. 153). Así, las mujeres se relacionan con el mundo a partir de los estereotipos y códigos de comportamiento de género.

Experiencias Migratorias de Mujeres: Las Exiliadas en Países Europeos

Se estima que el exilio latinoamericano ( Chile y Argentina) involucró alrededor de 460 mil personas. La gran mayoría de los titulares del exilio fueron hombres jóvenes con responsabilidades familiares. Se trató además de un destierro amplio en términos políticos y sociales, pues incluyó a personas con y sin militancia, y a profesionales, técnicos, obreros, campesinos y dueñas de casa .

El duelo que caracteriza las primeras etapas de las migraciones, que alude al desafio y al dolor (Grinberg & Grinberg, 1996), en el caso de los exiliados comprende tanto la pérdida de un proyecto personal como un proyecto social y político, el fin de un modus vivendi (Araujo, 2002). Un sentimiento de culpa adquiere especial relevancia, pues el destierro no es sólo una forma de castigo, sino también una manera de librarse de la muerte que alcanzó a tantos otros compañeros.

El duelo y la culpa conviven con un fuerte desamparo, pues las personas difícilmente encuentran "su lugar" dentro de la nueva comunidad. Necesitan imperiosamente una persona o un grupo que asuma funciones de "maternaje" y "continencia", una especie de "padrinos" o padres sustitutos que les permitan recuperar el ligamen con la realidad (Grinberg & Grinberg, 1996).

En las primeras etapas, los exiliados muestran un rechazo por el país de acogida y se concentran en ciertos barrios lo que facilita la creación de comunidades e instituciones que refuerzan el compromiso político. Todo esto auspició una conducta de ghetto (Rebolledo, 2005), en que la comunidad pasó a ser la "familia ampliada", ejerciendo funciones de protección, pero al mismo tiempo de control e inclusive culpabilización (Vásquez & Araujo, 1990).

Los exiliados idealizan y magnifican el país de origen, constituyendo éste el principal mecanismo de defensa. La instalación en el nuevo país se piensa siempre provisoria. Se vive para retornar. Todo esto constituye "una especie de freno que atrasa el aterrizaje psicológico" de los exiliados (Vásquez & Araujo, 1990, p. 47). Con el transcurso del tiempo, ellos incorporan lenta y progresivamente elementos de la nueva cultura y comienzan a percibir el control que ejerce la propia comunidad, de la cual comienzan paulatinamente a alejarse. El mayor contacto con la sociedad de acogida se ve facilitado por la propia idea de latinidad de los europeos (estereotipos positivos), y la existencia de una institucionalidad que protegía a los refugiados.

Caracterización de las mujeres exiliadas.

Jóvenes, dueñas de casa, profesionales y obreras, militantes o simpatizantes, son algunos rasgos que las caracterizan. En general, su partida estuvo vinculada a sus parejas, lo que configura un patrón predominantemente asociativo de migración. Y en la mayoría de los casos también, fueron ellas quienes se hicieron cargo de las tareas reproductivas, del cuidado, educación y salud de los hijos. Aunque esto no constituyó una novedad, sí lo fue el contexto en el cual lo hicieron. Sociedades más orientadas a reconocer la igualdad de derechos de hombres y mujeres que proveyeron a los refugiados de las condiciones materiales para la subsistencia. De algún modo, ello liberó a los hombres de sus responsabilidades tradicionales de provisión familiar y les permitió dedicarse predominantemente a la militancia política. El estar en manos de las mujeres la vinculación con escuelas, hospitales, supermercados, las obligó a aprender mucho más rápido que ellos el idioma, las normas culturales y la institucionalidad del nuevo país.

El destierro se convirtió para muchas en una experiencia de cuestionamiento de sus identidades, generando quiebres que se transformaron en verdaderos desafíos y oportunidades para construir identidades femeninas más autónomas. Rebolledo (2005) indica que este "viaje interior, tributario absoluto (...) del desplazamiento geográfico, fue el que permitió modificar las identidades de las exiliadas" (p. 155). Esto explica que junto con la presencia de una memoria sobre el exilio compartida por hombres y mujeres caracterizada por la idea de desarraigo y tiempo suspendido, existan memorias más específicas, ancladas en las mujeres, que hablan del exilio como un proceso de individuación, de mayor capacidad reflexiva, de mayores posibilidades de ser ellas mismas (Rebolledo, 2001). Por supuesto que estas consecuencias positivas no ocurrieron sin conflicto, y Rebolledo (2005) sostiene que el proceso descrito refleja más la realidad de exiliadas de clase media y profesionales que la de sectores populares. Pero además, el exilio trajo una serie de consecuencias dolorosas. Agger (1993) indica que para algunas el conflicto de identidad se inició antes de la partida. Para las mujeres con militancia política, ello significó un desplazamiento al espacio público y un desafío al poder masculino. Fue esta transgresión de los límites femeninos -y no sólo el ser portadoras de un proyecto político de izquierda- lo que fue castigado con la cárcel, la tortura y el destierro, castigo que en el caso de las mujeres tomó la forma predominante de violencia sexual. Ello produjo consecuencias traumáticas que incidieron en la forma de experimentar el exilio, predominantemente como un castigo, y en las relaciones con parejas e hijos. Una exiliada lo expresa así: “Algunas veces pienso que no debería vivir. Yo no pertenezco ni a Dinamarca ni a mi país, y ¿dónde estar? Tengo el sentimiento de que no soy nadie. (...). Me siento a menudo culpable: debiera haberme quedado, como me dijo mi padre. Racionalmente yo puedo ver que es la culpa de los que tienen el poder, pero cuando lloro y me pongo triste, siento que debería haberme quedado. (...) Ser exiliada es para mí un castigo. No puedo verlo de otro modo”. (Agger, 1993, p. 156)

Por otra parte, para muchas exiliadas el fuerte control y culpabilización que ejerció la comunidad propia, pueden haber dificultado el experimentar sin culpas las posibilidades de mayor autonomía que les abría el país de acogida. De hecho, algunas mujeres, mantuvieron una actitud crítica hacia los valores más "liberales" de los países de acogida. Vásquez y Araujo (1990) indican que en un primer momento las mujeres tendieron a refugiarse en un "discurso tradicional y conservador posicionándose como las garantes de la familia y el hogar" (p. 149). Aunque en un segundo momento muchas expresan una mayor apertura a la sociedad de acogida, produciéndose una "especie de deslumbramiento" por las posibilidades que les ofrecía, otras mantuvieron la actitud crítica ahora no sólo hacia el país de acogida, sino hacia aquellas compatriotas que hacían suyas estas nuevas oportunidades.

Surgen además modelos femeninos más consecuentes con los estereotipos de género. Rebolledo (2005) menciona el caso de las mujeres viudas: Prisioneras del partido y de sus iconos, madre y padre a la vez de sus hijos, cargados con el peso de la orfandad real del padre, y el peso simbólico de ser hijos de un mártir o de un héroe, estas mujeres vieron coartadas sus posibilidades de reconstrairparejasy rearmar familia, (p. 157-158)

Identidades de Género "Remodeladas"

En el caso del exilio en Europa, si bien la presencia de redes políticas, de una institucionalidad y la misma idea de latinidad de los europeos propició la acogida de refugiados políticos, el destierro significó una pérdida de la red social (amigos, familia, trabajo). Ello convirtió a la pareja -especialmente en las primeras etapas del exilio- en el principal referente y soporte para enfrentar la nueva vida. Aunque en algunos países la creación de una "comunidad de acogida" morigeró esta situación, ello no evitó crisis de pareja. A esto también contribuyeron las oportunidades de mayor realización personal que estas sociedades de acogida brindaban a las mujeres, las que si bien en ocasiones generaron reacciones masculinas que incluyeron la violencia hacia mujeres y niños (Agger, 1993), también condujeron a procesos de cuestionamiento de las identidades femeninas, vinculadas fundamentalmente a la reproducción y cuidado de otros.

A este cuestionamiento contribuyó también el sentirse como sujetos en tránsito (Rebolledo, 2005), y la autonomía económica lograda gracias al ejercicio de un trabajo productivo y/o ayuda estatal (la cual era entregada a cada miembro de la familia y no centralizada en el jefe de familia), todo lo cual condujo a muchas mujeres a separarse. Estas rupturas de pareja, dieron paso al establecimiento de nuevas relaciones de pareja de mayor igualdad y reciprocidad, y a la reconfiguración familiar bajo un principio generalmente matricéntrico (Rebolledo, 2005). En otros casos, sin embargo, las experiencias de encarcelamiento, tortura, desaparición y muerte de parejas y familiares, hicieron muy difícil para las exiliadas restablecer una relación amorosa y rearmar familias (Agger, 1993).

La maternidad. Una expresión de las transformaciones en las identidades de género de las exiliadas latinoamericanas es que ellas asumen la maternidad más como una opción que como un destino inevitable, cuestión que habría facilitado la vivencia de una maternidad menos dependiente.

No obstante, la maternidad generó para muchas exiliadas sentimientos más controversiales. La persecución política y el exilio pusieron en riesgo también a los hijos y en algunos casos ellos fueron dejados en Chile y Argentina a cargo de abuelos u otros familiares. Estas situaciones son vividas por muchas mujeres con sentimientos de culpa que afectan seriamente el tipo de vínculo que establecen con sus hijos (Agger, 1993).

La relación con la familia de origen.

La separación con la familia de origen puede producir un fuerte sentimiento de desamparo, que se agudiza en la medida que las mujeres se encuentran aisladas en medio de un mundo desconocido. En el caso de las exiliadas, este sentimiento, especialmente agudo en las primeras etapas del exilio, con el tiempo es experimentado también como apertura a otras formas de ser, de hacer familia y de mayor libertad. Sin perder los vínculos afectivos, la distancia disminuye las posibilidades de control social directo que las familias de origen ejercen sobre sus miembros en tanto "guardianas de la tradición" (Rebolledo, 2005).

En otras ocasiones, la relación con la familia de origen está teñida por un sentimiento de culpa. Es lo que señalan algunas exiliadas cuyos padres criticaron su decisión de refugiarse y de no retornar. En estos casos, junto con el apoyo, las mujeres sienten el cuestionamiento y reproche de sus familias, lo que afecta las relaciones con padres e incluso con sus hijos cuando se han quedado al cuidado de ellos (Agger, 1993).

Sin duda existen más puntos de estudio, pero lo que interesa destacar es que en estos procesos individuales (aculturación psicológica), inciden no sólo factores personales, sino también sociales, así como factores previos a la migración y otros propios de la sociedad de acogida. Ello permite sostener que para que los procesos migratorios constituyan posibilidades de enriquecimiento personal, concurren tanto características personales de las mujeres como las condiciones culturales, económicas y políticas en las cuales se realizan estas migraciones.
 


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