En el momento de evaluar a una persona descorremos la inteligencia lógica para abrir la imaginación, aferrándonos sólo a lo actos visibles del evaluado... con el saborizante de los sentimientos hacia ella!
No escatimamos en analizar los errores, haciendo hincapié en su intención y posterior interés, canalizando todas las posibilidades en desvestir las pasiones humanas en pos de una respuesta figurativa y catalogante.
Pocas veces invertimos tiempo en resaltar las bondades de sus actos, mucho menos en las participaciones acertadas del individuo en cuestión, sólo recriminamos su conducta, tanto verbal como en actitud.
Siempre dependemos de nuestros sentimientos hacia ella, de la buena voluntad compasiva cuando apreciamos al allegado, o de nuestro sadismo irónico cuando tratamos a un antipático personal. Pocas veces tratamos -o nos esforzamos- en ser ecuánimes, antes del análisis de la circunstancia pasada ya hay un veredicto emitido en el fondo del corazón, con un impulso importante para que su descubrimiento flote a la cartelera pública.
En nuestras palabras solemos ser indulgentes o verdugos, sea el caso correspondiente, emitiendo juicios de acción que posteriormente conllevarán las consecuencias de lo previsto, ya que siempre podemos ver los actos como buenos o como malos, depende del punto de prejuicio ante el cual nos encontramos.
Uno de los deportes predilectos de los seres humanos es adelantar el conocimiento de los hechos, su práctica es histórica, pero dada que la capacidad personal no suele ser muy amplia, nos contentamos con evaluar a los allegados para prever sus actitudes, utilizando como trampolín las actitudes pasadas, sin saber que la emoción circunstancial fue el motor de su reacción, pero... no reconocemos el error, simplemente le adjudicamos al sujeto la imprevisibilidad de su personalidad, o a lo inestable de su sentido común.
En el momento en que le aplicamos a nuestro blanco el parámetro de su lado oscuro en todas sus respuestas, la compasión se hace un lado dejando a la vista la cruda crueldad que esconde nuestra personalidad, que dada la situación civilizada en la que nos encontramos, no ejecutamos a nadie, ya que en el caso contrario la humanidad no cubriría la faz de la tierra... puesto que los ejecutados descansarían debajo de la misma.
Un factor preponderante en los juzgados de la suposición es el carisma de la víctima, ya sea particular o generalizado, pues cuando el jurado de dos vota, es influenciado por el consenso de la generalidad de la opinión, y si la simpatía prevalece en el medio, se le perdona su pena de soledad en beneficio de los demás... es entonces cuando la hipocresía nace y se desarrolla en todo su potencial.
Pero si el juicio de la suposición tuviese un precio que pagar, nadie practicaría éste deporte, demostrándose cuando aplicamos a las cosas el mismo concepto. Antes de adquirir un objeto con dinero, nos informamos plenamente de las variables y de las oportunidades ocasionales, otorgándole posibilidades de defensa a todos los artículos similares, siendo que nos informamos de los mínimos detalles, colores y matices, no siempre es posible aplicar el impulso a nuestros deseos... a veces debemos acallarlo para adquirir lo necesitado o anhelado.