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Te acaricio con la mirada
Te acaricio con la mirada
por Marlen Briñones Rodríguez
Número de Palabras: 1336   Comentarios(0)
 
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La noche estaba completamente estrellada y la luz de la luna se reflejaba en su cara, y recorriendo todo su cuerpo como cada noche, cuando dormía y el cielo estaba colmado de estrellas y de esa luna brillante que la velaba. Damián solo se dedicaba a contemplarla y a recorrer la silueta de su cuerpo con la mirada. “Es un cuerpo precioso”  - pensaba-. Por nada se atrevería a tocarla, eso sería acabar con el hechizo de las noches mágicas que pasaba junto a ella esperando que despertara para continuar con la conversación que habían interrumpido por su incontrolable sueño. No se atrevía a tocarla porque ella nunca más confiaría en él para que velara su sueño. Un pequeño hilo de pelos caía sobre la cara de la bella joven, y sus gruesos labios solo lo invitaban a que la besara, pero él sabía que eso era solo uno de los juegos raros de su imaginación que cada día lo traicionaba y hasta temía caer en su trampa.

Sentía que la tocaba con la mirada, y recorría su cuerpo, cada centímetro del esbelto cuerpo que yacía dormido sin saber hasta cuando. Se refugiaba en su cuello, de arriba abajo, ¡qué cuello! y allí era donde albergaba la suavidad de su perfume, ese perfume que reconocería a mil leguas de ella y era capaz de apostar por ello, sin temor a equivocarse. Ahora palpaba sus senos, ¡que piel tan suave! ¡Era pura seda! Y era tanta su imaginación que hasta podía sentir como sus senos respondían a sus caricias excitándose de la manera más sutil que sabían hacerlo. Sin olvidar sus manos, llegó a ella a través de los brazos que lucían bellísimos a la luz de la luna, que la iluminaba toda, sin olvidar ningún rincón de su cuerpo. Eran sus manos delicadas y sensibles capaces de hacer callar a un bebé sin consuelo de tan solo rozarlo. Lentamente, ya estaba rozando la piel de su abdomen, que era tan lizo como el de una inocente niña, que apenas conoce el amor. Su abdomen que subía y bajaba despacio para demostrarle que aún estaba allí, viva y con la sangre caliente, capaz de sentir el calor de su mirada, pero él ignoraba que ese era el mensaje que quería transmitirle su respiración.

No podía pasar por alto su perfecto ombligo que cada día le llamaba y le decía a gritos que lo necesitaba, ¿qué le estaba pasando a su cabeza que ahora fallaba? jamás sería eso verdad, como iba ella a fijarse en él después de tantos años de conocerlo, si hasta ese momento no había pasado nada ya no pasaría. Esos eran sus pesimistas pensamientos. Para continuar con su bojeo, fue un poco más al sur y llegó al lugar que él llamara PROHIBIDO, y sabía que era así, pero él no sabía por qué, porque  no lo anhelaba tanto este lugar como los labios, los gruesos labios que según él lo llamaban a cada instante.

Entre pensamientos y miradas, sin darse cuenta estaba en los muslos. ¡Ay! los muslos, los torneados muslos enloquecían a Damián, y lo hacían sentir una pasión indescriptible, no sabía qué de especial había en ellos, pero le sacaban la cabeza de lugar, allí estuvo por largo rato, incluso con las  caricias de su mirada casi consigue despertarla, pero fue una bendición para él que esto no sucediera, sino el placer no sería completo. ¿Sentiría ella cada roce de su mirada, como sentía él su mirada deslizarse por su piel, de la manera que solo él sabía hacerlo?

La noche estaba completamente estrellada y la luz de la luna se reflejaba en su cara, y recorriendo todo su cuerpo como cada noche, cuando dormía y el cielo estaba colmado de estrellas y de esa luna brillante que la velaba. Damián solo se dedicaba a contemplarla y a recorrer la silueta de su cuerpo con la mirada. “Es un cuerpo precioso”  - pensaba-. Por nada se atrevería a tocarla, eso sería acabar con el hechizo de las noches mágicas que pasaba junto a ella esperando que despertara para continuar con la conversación que habían interrumpido por su incontrolable sueño. No se atrevía a tocarla porque ella nunca más confiaría en él para que velara su sueño. Un pequeño hilo de pelos caía sobre la cara de la bella joven, y sus gruesos labios solo lo invitaban a que la besara, pero él sabía que eso era solo uno de los juegos raros de su imaginación que cada día lo traicionaba y hasta temía caer en su trampa.

Sentía que la tocaba con la mirada, y recorría su cuerpo, cada centímetro del esbelto cuerpo que yacía dormido sin saber hasta cuando. Se refugiaba en su cuello, de arriba abajo, ¡qué cuello! y allí era donde albergaba la suavidad de su perfume, ese perfume que reconocería a mil leguas de ella y era capaz de apostar por ello, sin temor a equivocarse. Ahora palpaba sus senos, ¡que piel tan suave! ¡Era pura seda! Y era tanta su imaginación que hasta podía sentir como sus senos respondían a sus caricias excitándose de la manera más sutil que sabían hacerlo. Sin olvidar sus manos, llegó a ella a través de los brazos que lucían bellísimos a la luz de la luna, que la iluminaba toda, sin olvidar ningún rincón de su cuerpo. Eran sus manos delicadas y sensibles capaces de hacer callar a un bebé sin consuelo de tan solo rozarlo. Lentamente, ya estaba rozando la piel de su abdomen, que era tan lizo como el de una inocente niña, que apenas conoce el amor. Su abdomen que subía y bajaba despacio para demostrarle que aún estaba allí, viva y con la sangre caliente, capaz de sentir el calor de su mirada, pero él ignoraba que ese era el mensaje que quería transmitirle su respiración.

No podía pasar por alto su perfecto ombligo que cada día le llamaba y le decía a gritos que lo necesitaba, ¿qué le estaba pasando a su cabeza que ahora fallaba? jamás sería eso verdad, como iba ella a fijarse en él después de tantos años de conocerlo, si hasta ese momento no había pasado nada ya no pasaría. Esos eran sus pesimistas pensamientos. Para continuar con su bojeo, fue un poco más al sur y llegó al lugar que él llamara PROHIBIDO, y sabía que era así, pero él no sabía por qué, porque  no lo anhelaba tanto este lugar como los labios, los gruesos labios que según él lo llamaban a cada instante.

Entre pensamientos y miradas, sin darse cuenta estaba en los muslos. ¡Ay! los muslos, los torneados muslos enloquecían a Damián, y lo hacían sentir una pasión indescriptible, no sabía qué de especial había en ellos, pero le sacaban la cabeza de lugar, allí estuvo por largo rato, incluso con las  caricias de su mirada casi consigue despertarla, pero fue una bendición para él que esto no sucediera, sino el placer no sería completo. ¿Sentiría ella cada roce de su mirada, como sentía él su mirada deslizarse por su piel, de la manera que solo él sabía hacerlo?

Al fin se decidió a continuar su camino y ya iba rumbo a sus pernas, nunca se había cansado de mirar sus piernas, que lucían más bellas cuando ella dormía, él no sabía porqué, solo sabía que era así.

Cuando aún estaba sumido en su placer, sintió una mano moverse, y se percató que ya despertaba.- ¿Sabes?, Mientras dormía sentí que algo rozaba suavemente mi piel, quizás fue un sueño, pero en realidad daría todo por sentirlo otra vez.

Me habia cansado de mirar sus piernas, que lucían más bellas cuando ella dormía, él no sabía porqué, solo sabía que era así.

Cuando aún estaba sumido en su placer, sintió una mano moverse, y se percató que ya despertaba.

- ¿Sabes?, Mientras dormía sentí que algo rozaba suavemente mi piel, quizás fue un sueño, pero en realidad daría todo por sentirlo otra vez.

 

 


Fuente del Artículo: http://www.editum.org/autor-1248=Marlen-Brinones-Rodriguez.html
Este articulos esta en nuestro catálogo desde lunes 02 noviembre, 2009.
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Briñones Rodríguez, Marlen. "Te acaricio con la mirada." Editum.org  02 Noviembre 2009. 23 Mayo 2012 
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Briñones Rodríguez, Marlen.  (2009,Noviembre 02). Te acaricio con la mirada. Editum.org.
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Briñones Rodríguez, Marlen.  2009 Te acaricio con la mirada. Editum.org (Noviembre, 02),
http://www.editum.org/Te-acaricio-con-la-mirada-p-2838.html (accesado en Mayo 23, 2012