Un Día
Creyó despertarse sin esa dulce sensación de alegría,
Sólo apreciando el olor a canela que cubría la casa.
Se levantó de prisa, buscando ropas livianas
Para salir a la calle y ver allí, qué es lo que pasa.
Sólo intentaba encontrar luz, para ser salpicada.
El rocío de las nubes que enmarcaba el paisaje, de angustia la llenó.
Intentó correr, pero la impotencia de sus piernas,
Dejándola estática, de miedo la envolvió.
Así pasaron varios minutos, oscuros en su tiranía, sin poder hacer nada.
Ella quería escapar, huir de todo aquello que la lastimaba
Que la mataba, la revivía y que ya era habitual en su vida gris,
Pero sólo golpeaba el suelo mojado de las lágrimas que lloraba.
Y sin darse cuenta, tras caer la última dulce lágrima de su penar,
El cielo rompió en llanto e inundó la calle de tierra sobre la que se desmoronó.
Se sentía sola, triste, mucho más que otras veces...
Y más que nunca, tan desamparada, y nuevamente se cayó.
Oía las voces de su pasado, que le recordaban cuán importantes eran
La felicidad, el amor, la familia, la alegría, el futuro, la amistad...
Y no quiso quedarse en la niebla para averiguar lo que era el fracaso,
Y tras gritar desesperadamente, tomo valor y dio sus primeros pasos.
Sintió por primera vez el olor a jazmín, la flor que en su jardín crecía,
Y la intensidad de sus pasos se despertó en el aullido de sus pensamientos.
La lluvia paró. El viento calmó al firmamento, corriendo una a una las nubes,
Llevándolas más allá del horizonte, trayendo nuevos y cálidos sentimientos.
El sol le sonrió, con un gesto de cortesía, de tierna benevolencia y gratitud.
Ella, tras un ademán de esperanza, respondió con una inocente sonrisa.
El sueño de su vida, nunca despertó, pues, fue siempre una pesadilla gris,
Que por fin había terminado, cuando su madre le dijo: “Buen día, hija mía...”