Una cita de la cual ninguna mujer se salva. Pero que a veces nos gustaría desistir… Con la sensación de los grilletes de presidiario en los pies, camino al cadalso, recorro los metros que me separan del living de la casa de mi amiga a su baño. Con su mirada de consuelo en el hombro. Mientras miro con ojos desorbitados las instrucciones de cómo enterarme lo que no me quiero ni enterar. Procedo a la velocidad de una tortuga a ir a mi cita con el test bajo el brazo. Indagándome cuál será mi última voluntad antes de leer los resultados. Y de adivinar si el palito lo tengo que mirar patas arriba o yo, mirarlo cabeza abajo. Para agravar la ya humillante penosa situación de estar bautizándose con todos los improperios e inaugurando otros por lo absurdamente idiota que una puede ser por no excitarse después de colocado el preservativo y no antes… sobre todo de saber que no hay a ¡¡¡mano!!! Una es tan maricona que al no tener mamá busca aplacarse la desesperación desesperada con una amiga. Como la mía mudó su residencia a EEUU y el compartir el resultado y rezar el rosario mientras espero, en forma virtual no es lo mismo que rezarlo en vivo y en directo abrazadas. Opté por la ayuda solícita de mi última adquisición amistosa. Mi amiga de 21 años recién estrenados. Eso conlleva a inquirir o en su defecto adivinar, por qué extraña causa, motivo o razón mutó su condición de amiga al estado de enemiga, porque sus palabras presuntamente de aliento trasmutan en desaliento automático, cuando esgrime absolutamente inocente: “che, boluda, y si ¿estás?... Además de oírla enumerar las casi nulas opciones que me quedan antes de haber hecho siquiera pis. Sumado a ello el imaginar cuánto deberé derogar en el psicólogo que me ayude a desentrañar que clase de proyección se trata que la ansiedad la tengo yo, pero se la tengo que calmar a ella.
Todo eso si no consideré la suma paranoica de cuántas veces bostecé, ni la contabilidad de las veces que fui al baño. Mientras sigo maldiciéndome y jurando en vano que si zafo el próximo mes anotaré la fecha de menstruación de todas las féminas de la familia, hasta de la tatarabuelita y de mi amiga también, ya que estamos.
Mientras sigo sacando cuentas de cuántos años de profesional me llevará haber traumado el deseo de asesinar a mi amiga que me recordó, después de haberme ahogado con toda el agua de la casa, cuando jamás tomo agua, sino alguna cola, tomé el valiente impulso de ir al toilette, y dijo: te faltan ½ hora de las totales para un óptimo resultado. Mientras me cuestiono óptimo para ¿quién?...
En esos momentos, cuando hizo la puerta giratoria del baño, me ponga la cara de un bordó automáticamente violento y me haga volcar los hectolitros de la sustancia amarilla que dictarán sentencia, si estoy o no embarazada, dejándome bañada de líquido dorado, apestando a zorrino, y hasta ahora, sigo averiguando por qué diablos no la liquidé.
Sigo indagando al éter por mi destino tragicómico que para distraerme del asunto escribo una nota y mi amiga me cortó la inspiración diciéndome lo que SOS capaz de hacer por la verosimilitud de una nota o 20 razones estúpidas para tirar 20 mangos a la basura, mientras exhaló me voy a fijar y salimos ambas disparadas al baño tropezándonos una con la otra y con todo lo que había en el camino…
A esta altura con el estado absolutamente descontrolado, las dos nos cercioramos del resultado: negativo. Una sola rayita, violeta, confirmaba todo. Conclusiones el alien que se agitaba en mi estómago, es culpa del suschi. Me habrá querido envenenar su novio que me invitó a ¿cenar????, otra pregunta para la dimensión desconocida, descocida y de paso para otra nota.
Mónica Beatriz Gervasoni Morocha Urbana publicado en www.gacetillaspopulares.com